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23 ene. 2011

Estúpidos como yo

Se levanta de la cama sin hacerlo del todo, pues, como siempre, se queda un poco más sentado sobre ella, pensando sin pensar donde hace poco simulaba dormir.

Tras terminar de pensar en nada busca en la cama lo que no está, lo que sabe que nunca ha estado porque ya lo ha buscado antes. Después, se impulsa resignado para ponerse de pie, y de forma sorprendente, ¡lo consigue! Ahora, eso sí, está sin fuerzas para levantar las zapatillas, por lo que se ve obligado a arrastrarlas para ir a desayunar.

Desayuna sólo. Alterna el desayuno con momentos de infructuoso pensamiento sobre algo fuera de su alcance y del de su entender: pensar sin pensar, como siempre.

Baja el último escalón de las escaleras al tiempo que pega un mordisco a la manzana y termina de ponerse la chaqueta italiana que le regalaran por navidad, hace mucho tiempo. Va apurado. Le es tarde. Pasa rápidamente delante del ascensor, de los buzones, gira el pomo de la antigua puerta de su portal y la empuja para que ésta le deje pasar y se cierre tras la corriente de aire que él levanta. Sin embargo,  él sigue al mismo lado de la puerta cuando ésta se cierra. No come ya. Está quieto. Ya no piensa en el hecho de que llega tarde.De hecho, no piensa; de hecho, la manzana por poco se desliza de su mano moribunda y sin fuerza.

Todas las mañanas  se queda atrapado en el buzón. Todas las mañanas pierde la mirada y el sentido en él, esté vacío o lleno de publicidad, pues cartas nunca recibe. A veces, incluso derrama lágrimas sin saber por qué lo hace.

Estúpido buzón -piensa mientras cruza finalmente la puerta hacia la calle- con esas estúpidas cartas a las que nunca llega respuesta y que, como no,

Sólo escriben estúpidos como yo.

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